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Del campo a la modernidad: la historia del baño rural dominicano

Hablar de la vida en los campos dominicanos es hablar también de las soluciones creativas con las que las familias enfrentaban las necesidades básicas. El baño, ese espacio íntimo que hoy damos por sentado, en el pasado fue toda una aventura marcada por el ingenio popular, la resistencia y, por supuesto, el buen humor.

La letrina: la estrella del campo

En la mayoría de comunidades rurales, el baño por excelencia era la letrina. Generalmente consistía en un cajón de madera con un hoyo cavado en la tierra. Algunas eran más “sofisticadas”, con dos orificios: uno grande para los adultos y otro pequeño para los niños, como una especie de “sección VIP” improvisada.

El techo solía ser de zinc y, para evitar que los vientos fuertes lo arrancaran, se colocaba encima una goma de carro y un block, un recurso que se convirtió en símbolo de resistencia frente a los huracanes.

La bacinilla y las noches de campo

Cuando caía la noche, ir a la letrina se volvía una odisea. Con linterna en mano había que enfrentar cucarachas, luciérnagas e incluso el miedo a las “animitas” del monte. Por eso, la bacinilla era la verdadera reina de los hogares.

En sus inicios, las bacinillas de porcelana se reservaban para las familias más acomodadas. Luego llegaron las esmaltadas o de “peltré”, las de aluminio y, finalmente, las plásticas, que aún hoy se conservan en muchos hogares como recuerdo de otra época.

El “pato” y su doble función

Un artefacto muy común en hospitales y casas fue el famoso pato, diseñado no solo para lo que todos imaginamos, sino también para medir el nivel de azúcar en la orina mediante la popular “glucocinta”. Una muestra clara de cómo la tecnología médica se mezclaba con la vida cotidiana, incluso en el baño rural.

Ingenio frente a la falta de papel

El papel higiénico, considerado un lujo, se guardaba bajo llave y se llevaba como un tesoro cada vez que alguien iba a la letrina. En los hogares con menos recursos, se recurría a alternativas igual de prácticas como el papel de fundas o de periódicos, sostenido en un clavo incrustado en la pared.

Cuando ni eso había, la naturaleza ofrecía opciones: la tusa de maíz, que después servía para alimentar a las aves, o el “seto” (una planta de hojas ásperas). Eso sí, este último dejaba huellas inconfundibles, al punto de que algunos campesinos colocaban ají caribe en las paredes para desanimar a los más temerarios.

Higiene sin agua corriente

Aunque el agua corriente era un lujo escaso, la higiene seguía siendo prioridad. En algunos hogares se improvisaban palos barnizados, uno para adultos y otro para niños, que se lavaban tras cada uso. Pequeños detalles que demuestran cómo, aun en la precariedad, la limpieza y el orden siempre tuvieron importancia.

Precauciones necesarias

Las letrinas carecían de electricidad, lo que obligaba a llevar linterna para las visitas nocturnas. Eso sí, los fósforos estaban prohibidos: el metano acumulado podía convertir un descuido en un accidente peligroso.

Más que un baño, una lección de vida

El baño rural dominicano no fue un espacio de lujos ni de comodidades, pero sí un reflejo del ingenio y la capacidad de adaptación de la gente del campo. Desde la goma sobre el techo de zinc hasta la tusa de maíz como sustituto del papel, cada recurso demuestra cómo se enfrentaban las necesidades básicas con creatividad, humor y una enorme dosis de dignidad.

Hoy, cuando abrir una llave o presionar un botón es suficiente para tener agua y comodidad, recordar estas historias es también valorar el camino recorrido. Porque, en definitiva, el baño rural dominicano fue mucho más que un espacio funcional: fue una muestra viva de cultura, resistencia y humanidad.

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