Este método consiste en templar previamente el plato donde se va a presentar el jamón. Puede hacerse con agua caliente, unos segundos en el microondas o a baja temperatura en el horno. Una vez tibio, se colocan las lonchas de jamón durante unos instantes. La idea es que el calor ayude a que la grasa se funda ligeramente, liberando mejor sus aromas y aportando una sensación más untuosa al paladar.
Y no es un detalle menor. El jamón ibérico, especialmente el de bellota, contiene una elevada cantidad de grasa infiltrada, responsable de su textura suave y de su sabor profundo. Cuando esta grasa está fría, se vuelve más rígida y menos expresiva. En cambio, al alcanzar una temperatura cercana a los 22 o 25 grados, se vuelve más fluida y permite que los matices del jamón se perciban con mayor intensidad.
Desde ese punto de vista, un plato ligeramente templado puede ayudar a que el jamón alcance rápidamente su punto ideal, sobre todo si estaba refrigerado. Esto hace que los aromas se liberen mejor y que la sensación en boca resulte más agradable.
Sin embargo, el truco tiene límites. Un plato demasiado caliente puede provocar el efecto contrario: la grasa puede derretirse en exceso, perdiendo su estructura natural, y la carne puede resecarse o incluso pegarse al plato. Además, un exceso de calor puede hacer que se desvanezcan los matices más delicados del jamón, que son precisamente los que distinguen a un producto de alta calidad.
Por eso, quienes decidan probar este método deben hacerlo con cuidado. El plato solo debe estar ligeramente tibio y las lonchas no deben permanecer sobre él durante demasiado tiempo.
En conclusión, el plato caliente puede ser un aliado para mejorar la experiencia de degustación del jamón ibérico si se utiliza con moderación. Más importante aún es servirlo a la temperatura adecuada, cortarlo correctamente y disfrutarlo sin prisas. De ese modo, cada bocado conserva toda su riqueza y convierte la degustación en un verdadero placer gastronómico. 🍖✨
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